Lo que ocurre cuando se une literatura, cine y hip hop: Interpol

Esa elegancia, precisión, no muchas bandas en la era del "indie rock" las tenían, era la época del manoseado termino "indie", la adoración a todo el "brit pop" y el nuevo movimiento

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Los quince años del disco début de la banda y la última gira de “Turn on the bright lights”

Es en la adolescencia el momento en que definimos nuestros gustos musicales y es cuando descubrimos qué nos gusta más. Era una acalorada tarde, insignificante en mi época de secundaria al momento de recibir una llamada de mi amiga Laura, ella era la chica con la que devoraba revistas músicales que llegaban a los puestos de revistas de mi natal, Monterrey, teníamos catorce años, era el 2004.

Ella me dijo “Hola, escucha esta banda, te va a encantar”. Al principio no noté las raíces de “Joy Division” como todos creen, escuché una guitarra basada en el grunge, un potente bajo, y una voz de talento nato (parecida a la de David Bowie, más que a la de Ian Curtis).

Puso en la bocina del teléfono negro viejo de Telmex, la canción “Slow hands” del disco “Antics”(2004, Matador Records). “Bien raro, lo encontré en un disco pirata que me vendieron de recopilaciones de música alternativa”, sí muy raro pero no tanto, si sabemos que en Tepito tienen el más grande catálogo músical y te consiguen cualquier canción que quieras. A la semana siguiente Laura fue a comprar el disco “Antics” a Mixup y se había pedido el début “Turn on the bright bights”, yo hice lo mismo. Dejémoslo así porqué no sabíamos que tenían varios EP’s, de inmediato busqué su página de internet y su “Myspace”.

En la página había fotos muy íntimas con amigos, de ellos preparando comida, jugando o siendo una banda de garage normal. No había mucha información de ellos en internet. Ni siquiera videos porqué aún no existía “Youtube”. Laura y nuestros amigos “roquerillos” de la secu nos prestábamos los CD’s para quemarlos, así que en uno podíamos tener la mitad de interpol y la otra mitad de The Killers.

Nunca imaginé que los vería en vivo, supe que habían tocado varias veces en la Ciudad de México pero era muy chica para ir a verlos. Pasó el tiempo y la única vez que los pude ver después de tanto tiempo fue en el 2011 en Monterrey. ¡Por fin! Recuerdo haber hecho la reseña para la revista La Mosca en línea. Estaba lejos del escenario pero la verdad no podía creer que los estaba viendo, más bien después de tanto tiempo no me caía el veinte.

Interpol era de esas bandas que escuchaba en las noches, en la madrugada, bebiendo algo porque la visión del amor de Paul Banks era muy parecida a la mía. Esa elegancia, precisión, no muchas bandas en la era del “indie rock” las tenían, era la época del manoseado termino “indie”, la adoración a todo el “brit pop” y el nuevo movimiento “ligeramente despeinado” de las bandas de garage de Nueva York que tocaban en El Mercury Lounge.

Pasaron cuatro años y estaba viviendo en la Ciudad de México, ellos tacaron el 13 de marzo del 2015 en un Vive Latino, no tenía dinero para ir porque me gastaba todo bebiendo en el Real Under de la Roma. Simplemente me quedé ahí sola bebiendo en un departamento viejo de la calle Querétaro en la Roma. Dos años después sabía que no me los podía perder en el quinceaños del “Turn on the bright lights”, todo parecía marchar perfecto hasta que la reventa acabó con los boletos para la presentación del 17 de octubre del 2017 en el Pepsi Center de la Ciudad de México, anunciaron una segunda fecha pero los boletos se agotaron.

Mis esperanzas de verlos en el Pepsi Center se habían acabado, me convencí de ir el 21 de Octubre a verlos al Festival Live Out de Monterrey. Todo marchaba bien, había pasado las fiestas patrias en Monterrey y regresé a la Ciudad de México justo el día del terremoto, el 19 de septiembre llegué a las 2:00 de la mañana al aeropuerto, dormí un rato y me levanté tarde para ir al supermercado, me tocó el terremoto en el super a la 13:14 de la tarde en Calzada Tlalpan, cuando regresé a mi departamento después de una hora caminando, el departamento estaba destruído, simplemente saqué a los gatos, regalé lo que pude sacar, dejé la Ciudad de México, regresé a Monterrey con mi familia y los gatitos que adopté.

Cuando llegué a Monterrey a pesar del shock por el terremoto del 19 de septiembre, lo primero que hice fue comprar mi boleto para ver a Interpol. Sabía que viviría mi última catarsis emocional ahí mismo, viéndolos de frente. Tenía que verlos en primera fila. Se llegó el día, ese día que esperé años, jamás había hecho esto por ninguna banda pero los estuve esperando cuatro horas frente al escenario, estaba acompañada por un montón de adolescentes que venían desde Aguascalientes para verlos, todos con su playera de la banda, yo estaba seria, aún en shock por el terremoto.

Simplemente no distiguí entre canción y canción, estaba en shock, no podía creer que estuviera viva y estuviera en Monterrey entera y a pesar de todo, pude ver a Interpol en vivo. Estaba ahí pero a la vez no estaba, se me voló la cabeza en recuerdos, era como si estuviera escuchando ese disco que en mi adolescencia solía escuchar todos los días el “Turn on the bright lights”, el tiempo pasó volando, cuando vi a Paul Banks aparecer en el escenario, a quien tuve el placer de conocer el 7 de diciembre del 2012 cuando dió un concierto como solista en Monterrey, me quedé sin aire, se me secó la boca y sentía que no podía respirar de la emoción, un mar de emociones chocaron dentro de mi corazón, de pronto Daniel Kessler, Sam Fogarino y los músicos invitados tomaron sus lugares, en ese instante se encendieron las luces radiantes en el escenario, en ese momento se incendió mi corazón y comencé a llorar, no había llorado, ni siquiera por lo que viví en el terremoto, de pronto vi mi vida pasar a mil kilómetros por segundo cuando sonó “Obstacle 1”, yo lloraba desconsoladamente, me tuve que esconder detrás de los fans adolescentes de Interpol para que no me vieran los de seguridad y obviamente Paul, ¡pero creo que si me vio! Era inevitable no se le pasa nada y yo estaba justo frente de él, mi lugar era envidiable, estaba tan emocionada que no tomaba agua. La seguridad nos hidrataba con bolsitas de agua, yo no tomaba nada.

Paul cantaba con su voz sombría, con ese semblante serio, esa mirada melancólica, nos recorría a todos, a todo el horizonte, luego miraba un punto fijo, sentía su dolor, esa nostalgia de volver a cantar esas historias que le marcaron, las mismas que nos anunció jamás volverá a cantar: “Esta es la última vez que lo toquemos”, nos adviritó sobre “Turn on the bright lights” en su perfecto español mexicano. Pero estoy chava y sé qué lo volveran a tocar, aún tengo esa esperanza de ver a Carlos Dengler tocar con ellos, los cuatro juntos, pero no, Carlos dicen está en el limbo, recuerdo bien esa plática con un ese amigo de Paul y Carlos, el cual me recalcó que Carlos D. jamás regresará, esto va más allá de una pelea de banda, de un distanciamento entre compadres, es algo de creencias, religión y psicología.

Recuerdo mi garganta desgarrada, mi maquillaje arruinado por las lagrímas que brotaban sin parar de mis ojos bien abiertos, aún sin emitir ningún gemido, pero cuando sonó “Not even jail” fue ahí cuando toda la energía que había guardado sin moverme esas cuatro horas se desbordó cual orgásmica vibración de mi pecho hasta hacerme brincar.

Con “All the rage back home” ya me cayó el veinte completo que los estaba viendo en vivo, sonreí y dije: “Lo logré, pude ver a Intepol en vivo”. Grité, lloré, brinqué coreando ese “eh, eh, eh” de la canción, mirando a Daniel Kessler, que se me hace uno de los hombres más bellos del mundo, menuda estatura, pero guapura inmensa, el cerebro y la máquina que hizo mover a Interpol a recibir la bendición de Jhon Peel a Reino Unido y conquistar Europa con un equipo de segunda mano rentado, es ese diminuto hombre del que The Killers, Editors, The National, The Strokes hablan en sus reuniones.

Es sigiloso al tocar esa gretsch que está más grande que él y hace que se caiga a menudo en el escenario pero siempre está la mano amiga de Paul para levantarlo, se limpiaba el sudor de la frente con una elegancia implecable, sin ensuciar su traje, con una sonrisa encantadora se despedía de los fanáticos, haciendo señas de agradecimiento desde el corazón. Paul no se despidió sabe que México es su segunda casa, tiene amigos y un montón de recuerdos en la capital.

De pronto todo quedó en pausa como el final de la canción “PDA”, un final inesperado pero a sabiendas de que sucederá, se apagaron las luces radiantes y la banda formada en 1997 por Daniel en Nueva York se fue. Otra vez, los fans esperaremos cuatro o cinco años para saber de ellos, veremos sus desahogos haciendo documentales, música experimental o hip hop en el transcurso de que un día se vuelvan a reunir para hacer un nuevo disco, si es que lo hacen.

 

 

 

 

 

 

 

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