¿Por qué los escritores tienen gatos?

Ellos resultan una compañía sagrada (si lo abordamos desde una óptica misteriosa) porque ayudan a la creatividad, a mantener al escritor enfocado, en compañía y ahuyentan fantasmas

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Uno pensaría que los gatos son sólo para escritores con una prosa romántica o reflexiva, pero incluso Ernest Hemingway o Charles Bukowski, también Boudeliere; tenían gatos y ellos comprendían el culto a los felinos.

Luis Antonio González Silva @tonemorisato

(poeta y escritor)

“Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo”

Osvaldo Soriano

 

Amor felino

Julio Cortázar y su gatito. Foto: Google.
Julio Cortázar y su gatito. Foto: Google.

Existe una profunda alianza entre los escritores y los gatos, si bien, puedo hacer una amplia lista de autores que han sido inspirados en estos felinos, incluso, escritores como Natsume Soseki (pseudónimo de Natseum Konnosuke) que en su gran obra maestra “Botchan” (1905), nos pone como lectores en los ojos de un gato para hacer una crítica severa de la sociedad japonesa.

Esto va más allá de la domesticación (si es que así le podemos llamar) del gato, porque estas mascotas generan fuertes vínculos con los nosotros, además de todo el misticismo que los rodea, tanto como Edgar Allan Poe lo marca en su cuento The Black Cat” donde escribe que los gatos son brujas metamorfoseadas, y es curioso este escrito porque su gata Catarina, quien siempre se ponía en su hombro al escribir, inspiró dicho relato, que hasta nuestros días nos pone los pelos de punta.

Se genera un vínculo sagrado entre el gato y el escritor, otro ejemplo claro de esto es que Julio Cortázar tenía una fascinación por los felinos y existe una fotografía muy famosa donde un gatito atigrado lo está observando detrás de la ventana; momentos así fueron los que produjeron en el autor belga (era de padres argentinos), insertar en algunos de sus escritos a estas mascotas; todos recordaremos al gato calculista en Rayuela.

“Estoy tan solo como este gato, y mucho más solo porque lo sé y el no”

Julio Cortázar

Muchos mitos rondan al respecto y recordemos a Borges refiriéndose a su gato como: “es un anarquista, en el sentido llano del término. No tiene horarios para escribir y su tarea muy raras veces la realiza a pedido.” Todo esto se resume en pocas palabras no tan poéticas: “hace lo que quiere”.  Uno pensaría que los gatos son sólo para escritores con una prosa romántica o reflexiva, pero incluso Ernest Hemingway o Charles Bukowski, también Boudeliere; tenían gatos y ellos comprendían el culto a hacia los felinos. Como dato curioso (sólo para reafirmar esta serie de curiosidades), los trabajos más conocidos de Hemingway fueron escritos en su casa de Key West, Florida (1931); en una casa que actualmente es declarada como monumento nacional; destacando que actualmente es una especie de museo con la presencia de alrededor de 50 gatos con seis dedos, descendientes del enigmático y curioso gato de seis dedos que un capitán de marina le regaló al escritor.

Podemos seguir conversando de datos y obras basadas en los gatos, los escritores y cómo estos veían a sus cómplices con garras; cabe resaltar que algunas personas dirán que el “amor” entre escritores y gatos se debe al estigma solitario, a la vida sedentaria o egoísta que tiene la escritura, formando el cliché de ver a un hombre sentado frente a la ventana escribiendo en total aislamiento humano bajo la luz de una lámpara mientras un gato llega maullando por atención y una caricia… se puede decir mucho acerca de este tema, pero lo que es cierto, es que los gatos resultan una compañía sagrada (si lo abordamos desde una óptica misteriosa) porque ayudan a la creatividad, a mantener al escritor enfocado, en compañía y ahuyentan fantasmas, como lo nombra Jaime Sabines en su poema “El gato loco”.

Tal vez quienes tengan un gato en su casa sabrán de todas las acciones que estos tienen; y hay quienes piensan que los felinos son seres malévolos pensando todo el día en conquistar al mundo o asesinar a su humano.

Todo lo bueno o lo malo de ellos les sigue generando ese halo de magia que nos vincula con la naturaleza seductora de los gatos. Tanto que en mi novela “El Diario de un Sonámbulo”, integré a un gato para ayudar en que algunos de mis personajes se conocieran y se detonarán ciertos aspectos de la trama.

Yo, por lo menos, tengo un gato negro que rescaté de la calle y que responde al nombre Nevermore; me acompaña en mis noches de escritura, acurrucándose entre mis brazos y el teclado, arrullado por el sonido que genera cada palabra escrita, haciéndome pensar: ¿Qué estará soñando? Eso me da paso a un mundo de posibilidades donde la imaginación se transforma en el idioma principal para muchos relatos y poemas, los cuales, mi gato es el primero en escucharlos.

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